LAS SIERVAS DE JESÚS DE LA CARIDAD
Sus raíces
Aquel 7 de Septiembre de 1842, nace María Josefa Sancho de Guerra, vísperas de la Natividad de María -8 de septiembre-. Sus padres fueron Bernabé Sancho, de profesión sillero y Petra de Guerra, ambos de Vitoria, tuvo dos hermanas, María de la Purificación -que murió a los dos meses de nacer- y Macaria Ángela, la más pequeña. Sus raíces están en Álava, Vitoria.
Toda la vida de esta mujer intrépida transcurrió a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y los tres primeros lustros del siglo XX.
No hubo nada extraordinario en su niñez. Fue una niña normal en todo. Los santos no nacen, se hacen. Colaboran con Dios desde su bautismo al proyecto de Amor.
María Josefa fue elegida para ser una mujer intrépida desde el Corazón de Cristo.
Cuando tenía tres años sufrió una caída. El Señor siempre se complace en los pobres. Se quedó paralizada de las piernas. Los médicos le dieron pocas esperanzas. Sus padres, personas sencillas, pero de mucha fe, acudieron con la niña al Santuario de Aralar, e invocaron al Arcángel San Miguel y quedó completamente curada. Siempre recordará con cariño esta gracia del Arcángel San Miguel y su recuerdo hacia este santuario navarro.
María Josefa era una niña que a su corta edad soñaba con «el Dios de lo imposible», como la Virgen. Recorría desde su sencillez kilómetros de fe y esperanza. Se fiaba de «el Dios de lo imposible». Su vida era en todo normal. Aprendía de Dios de los labios y de las manos… y sobre todo del buen corazón de sus padres. Aprendió las primeras letras con gran aprovechamiento. En la escuela se la veía despierta, en el catecismo apasionada por la doctrina. Es verdad que el Señor, desde la sencillez, siempre prepara desde las raíces para la misión encomendada.
Era una chica despierta, sencilla, pero a la vez espabilada. Amaba y buscaba ya una cierta soledad. Quizá el Señor empieza a preparar su corazón para hacerla una mística de la caridad. El Corazón de Jesús la llevó a ser Corazón para los enfermos, formando en su alma esa irradiación bondadosa hacia los necesitados.
Tenía una gran veneración a la Virgen que presidía su casa, aprendió a disfrutar de las cosas importantes de la vida. Sólo los pobres pueden comprender la riqueza de poseer a Cristo. María Josefa, encontró a Dios en la vida. En los momentos felices y cuando visita el dolor.
El 24 de marzo de 1850, cuando tenía 6 años y medio, muere de repente su padre. Siempre pensamos que el dolor nunca debiera visitar nuestras vidas y menos a una edad tan temprana. María Josefa, aceptó confiando en el Señor que todo lo puede.
El día 2 de febrero de 1852 (fiesta de la Purificación, actualmente celebramos el día de la Vida Consagrada), recibió su primera comunión. Nos gustaría saber de ese día grande para todos los niños, qué experimentó esta mujer intrépida. Sin lugar a dudas recordaría a su padre ausente desde hacía dos años. Las grandes vidas se escriben siempre desde el silencio del corazón. Existe un «pudor» en las almas grandes, para guardar silencio en los momentos de una fuerte intimidad con Jesús. María Josefa mantuvo siempre una profunda pasión por la Eucaristía. No podía ser de otra manera de una mujer conquistada por el Corazón de Jesús. ¿Acaso el Corazón Vivo de Jesús no es la Eucaristía?
El amor a la Eucaristía, fue lo que le hizo descubrirlo en la «carne y sangre» de los enfermos. Ella quiso transmitir a las Siervas de Jesús el deseo de ser Corazón de Jesús a la cabecera de los enfermos.
María Josefa, se va preparando en su primera comunión para ser Eucaristía y dejarse devorar al servicio de los enfermos.
Su niñez transcurre sencillamente. Encontró a Dios en lo cotidiano, he aquí lo que María Josefa va a contemplar abriendo de par en par sus ojos de niña.
Ve a su madre, luchar para sacar adelante la familia. Siempre las mujeres han sido fuertes y nos han enseñado a todos la lección de dar la vida, desde lo de cada día.
Ella vio cómo su madre superaba todos los obstáculos. Contempló con una fe hecha vida, una vida hecha oración.
Superar las adversidades siempre es cuestión de almas fuertes. A veces parece que todo se viste de oscuridad y sin embargo como cristianos sabemos que no está lejos la aurora.
María Josefa vivirá estos años, formando su corazón en una vida parecida a la de Jesús, María y José en Nazaret, aprender a amar desde lo cotidiano.
De estos años sabemos poco. Nuestra curiosidad nos lleva a ver qué sucedió. Creemos que todo transcurrió desde el silencio. Es el silencio donde se escriben las grandes hazañas de la humanidad.
María Josefa vivió una vida de pobreza, de trabajo, de ayuda, de estrecheces. A vivir se aprende viviendo, como a amar se aprende amando. Su Nazaret vivido en estos años nos descubre a una María Josefa que pasa su adolescencia y juventud viviéndolo todo desde una vida oculta como la de Nazaret.
Su madre Petra escribió a una prima que tenía en Madrid y le expuso su situación. Había sacado adelante a sus hijas, pero la cosa no daba más de sí. Soñaba Petra con lo mejor para su hija. Se convino que María Josefa se viniera a vivir con su tía. Tenía 18 años y unas inmensas ganas de vivir. En Madrid estará desde 1857 a 1860. Tenía ya en el corazón el propósito de ser religiosa, por lo que luego contaría. Nunca pensó en otra cosa más que en ser totalmente del Señor.
María Josefa sabía que se vive en esta tierra una vez y que tenemos que emplear la vida en lo que Dios nos llama. Su vocación coincide con el despertar religioso. María Josefa, no dudó un instante de que su vocación era vivir sólo de Dios y para Dios. Había descubierto darle a Jesús su Corazón de Esposa. Venía dispuesta a entregar su vida donde el Señor la quisiera plantar.